Desde que comencé a escuchar sobre los Templarios, no he parado de hacer averiguaciones de todo lo concerniente a dicha època, hasta que el 3 de abril 1312 el Papa Clemente V en el concilio de Vienne cedió todas las posesiones del Temple al Rey de Francia Felipe IV para disolver la Orden.
Recuerdo en una conversación con varios compañeros de trabajo, que uno de ellos, Antonio, apasionado del tema, contaba que en Titulcia, en la provincia de Madrid, España, había una cueva donde se ocultaban algunos Caballeros de la Orden del Temple. Esta cueva llamada «Cueva de la Luna» está regentada por los dueños de un restaurante con el mismo nombre.
Mientras Antonio contaba su particular historia sobre dicha cueva, esto fue lo que me ocurrió sin saber cómo ni porqué:
«De repente me vi en dicha cueva, y yo no tenía conocimiento alguno de ese lugar, me vi con un atuendo medieval, vestido con traje de malla, casco, capa blanca con la cruz templaria y por supuesto, la espada colgada al cinto. El habitáculo se iluminaba con antorchas a todo alrededor, ya que el interior se contemplaba en circulo. Frente al altar de piedra, desviado ligeramente a la izquierda, una escalera de roca descendía hasta el interior. Creo que era la escalera de entrada al recinto. A mi derecha, según estoy mirando a la entrada, hay u túnel largo, estrecho y oscuro, pero observo que se acerca una antorcha que porta un templario en su mano izquierda y un pergamino en su mano derecha y me hace entrega del mismo, retirándose hacia atrás con el gesto de llevar el brazo con el puño cerrado al corazón a modo de saludo, perdiéndose por el oscuro túnel».
Cuando volví en sí fue porque mis compañeros estaban zarandeándome y dando golpecitos en la cara. Me dijeron que llevaban varios minutos intentando reanimarme y que tenía los ojos en una mirada fija al vacío y que se asustaron.
Recordaba absolutamente todo lo ocurrido, que a día de hoy, después de más de veinte años desde que tuve esa experiencia, sigo recordando con extrema claridad, y al contárselo, quedaron con la boca abierta de asombro.
Pasaron los años, y siempre me ha quedado esa intriga de qué había ocurrido. Un buen día, decidí ir a visitar el restaurante, y por supuesto la cueva, con tal mala suerte que ese día estaba cerrado por descanso del personal.
Como no creo en la casualidad, decidí hacer caso de las señales y algo me dijo que ese día no era el momento. A día de hoy, aún, no he conseguido encontrar ese «momento» en que tenga que ir.
Pues bien. Tengo una amiga que es experta en «Registros Akásicos», que según la fuente de wikipedia correspondería a un «compendio de todos los acontecimientos, pensamientos, palabras, emociones e intenciones universales (la información universal) que han ocurrido en el pasado, en el presente o en el futuro, en lo que respecta a todas las entidades y formas de vida, no solamente la humana». Lo que es un archivo universal de cada ser.
En aquella consulta me dijo que efectivamente, ese registro de vida pasada fue que yo pertenecía al grupo quienes se dedicaban a transportar cierta cantidad de productos para los Templarios. En ese menester yo era el encargado de llevar ese mensaje que me habían entregado en la cueva, a otro destacamento y que era una mensaje de vital importancia para el desarrollo de la contienda que se estaba llevando a cabo. Pero llegué tarde, porque, por aquel entonces, había unos «mercenarios» que se dedicaban a interceptar a los mensajeros antes de que llegaran a su destino, asesinando a todos los que iban en el comboy y robando todo lo que llevaran consigo. Y que como yo estaba entrenado para cualquier situación de peligro, conseguí sortear todas las embestidas que iban sucediendo a lo largo de toda la ruta dando rodeos oportunos hasta llegar a mi destino final con el mensaje que ya no servía de nada por la tardanza».
Así que, parece ser, que podemos haber tenido vidas anteriores, y que en este caso, llena de aventuras, que juro por lo más sagrado, que desconocía totalmente y que me hubiese tocado a mi.

-La primera fotografía del soldado templario la hice en el castillo de Torija, Guadalajara. Una figura de látex apostada en el interior de un torreón.
La imagen de arriba del Caballero Templario entre el fuego se realizó mediante un montaje de tres fotogramas captados con anterioridad, colocando una tras otra para crear la escena. El envejecimiento de la fotografía se hizo con un programa de edición de imágenes obteniendo este cuarteado pictórico.