Belchite, Ruinas Históricas

Comienzo este post con una de las aventuras más interesantes que protagonizamos mi hijo Antonio y yo.

Fue en Belchite en la provincia de Zaragoza, Aragón, España, lugar donde hubo varias batallas en la Guerra Civil española en los años 1936-1939 del siglo XX, precediendo a la II Guerra Mundial.

Localidad que quedó devastada a causa de los bombardeos que tuvieron lugar durante el conflicto bélico. Una de la más sangrientas batallas que enfrentó a españoles en dos bandos. Un conflicto que marcó para siempre historias de misterio, sufrimiento y terror.

Nosotros mismos sentimos como unas energías nos empujaban a que nos marchásemos y no siguiésemos perturbando la tranquilidad de miles de personas que aún continúan sepultadas bajo los escombros de los edificios derruidos.

Los acontecimientos que nos ocurrieron, y que nos pusieron los pelos como escarpias, lo relato a continuación:

“Yo siempre he sido respetuoso con todo lo que tiene que ver con la muerte, espíritus y el Más Allá, sobre todo cuando se visitan cementerios u otros lugares donde en algún momento se han producido fallecimientos por distintas causas, y así se lo he inculcado a mi hijo. Cuando vas con más personas, que además conoces muy poco o nada, y habiendo advertido de la necesidad de visitar el lugar con máximo respeto, no siempre lo hacen. Hay personas que por mucho que se les diga, hacen lo que les viene en gana.

El primer acontecimiento extraño, tuvo lugar en uno de los edificios que hay nada más entrar al pueblo viejo, a la izquierda. Había dos puertas, una doble y otra sencilla, por la segunda más pequeña se pudo acceder. 

Los amigos de mi hijo entraron primero y yo, el último. Bajaron por unas escaleras en total oscuridad. Al llegar a la planta inferior había mucha humedad y los chicos sintieron mucho frío. A finales del mes de junio, ya apretaba el calor y eran las 18:00 horas. Uno de los chicos me pidió que encendiera la linterna que llevaba, una de esas réplicas que llevaban los soldados americanos en la guerra de Vietnam, en forma de L invertida con una lengüeta para sujetarla en un bolsillo.

Al accionar el botón de encendido, sentí como si me dieran un manotazo en la mano que sujetaba la linterna y ésta se partió entera en la zona donde se cargan las pilas, quedando totalmente inservible. Me quedé atónito, sin saber, en un principio, cómo reaccionar. No dije nada. No quería alarmar, ni quería que se quedaran en el interior por más tiempo, y dije que teníamos que continuar con la visita.

Entendí perfectamente que si había algún espíritu, o lo que sea, en su interior, teníamos que respetar la paz que en aquel sótano pudiera haber.

Continuamos el recorrido hacia el interior, por sus calles sin asfaltar y llenas de escombros que con el paso del tiempo, se desprendían de los restos de las fachadas en ruinas. Comenzaba a anochecer. Un rebaño de ovejas pasaron delante de nosotros a toda velocidad provocando que el polvo del camino levantara una densa nube. Salimos al pueblo nuevo a cenar. Habíamos traído unas ricas viandas que repartimos entre los cinco que componíamos la expedición. Durante la cena merodeaba un gatito pequeño que enseguida se puso a jugar con mi hijo y sus amigos. 

Llegó medianoche y volvimos al interior del pueblo viejo por su puerta principal. El gato acompañó a los chicos los primeros veinte metros maullando y girándose hacia el exterior. No le hicimos caso y el animal optó por dar media vuelta y correr como “alma que lleva el diablo”. ¿Qué intuyen los animales cuando se trata de posibles almas vagando por ahí?

El último de los miembros de la expedición siempre era yo, y cuando llevábamos medio pueblo recorrido, antes de llegar a la Torre del Reloj, escuché sonidos de disparos a mi espalda. Ninguno de mis acompañantes escuchó nada, pero como llevaba la grabadora de sonidos, seguro que lo escucharé cuando llegue a casa, como ya había sucedido en el anterior viaje con las campanadas captadas en la grabación de aquel día. Esperamos hasta que el reloj marcase las 00:00 horas. Una tranquilidad absoluta envolvía nuestro entorno. La luna iluminaba el campanario de la Iglesia de San Martín. Toda la magia que yo esperaba que se produjese, desaparecía a cada instante debido a que el padre de uno de los amigos de mi hijo no paraba de hacer ruidos impropios al lugar donde nos hallamos.

Decidí que teníamos que regresar a las afueras del pueblo donde dejé estacionado mi coche. Lo hicimos por una calle que finalizaba en el convento-iglesia de San Agustín. Según nos acercábamos, comenzaron a caer piedras a nuestro lado, primero una, después varias más, hasta que una de ellas impactó en el brazo del padre de uno de los amigos de mi hijo. Nos dimos cuenta de que alguien nos lanzaba esas piedras y al parecer venían desde lo alto de la iglesia. ¿Pero quién? Ahí no había nadie. Nos adentramos en lo que en otros tiempos fue el vestíbulo que daba paso a la nave central. Un viento frío nos hizo dar la vuelta y dar por terminada la expedición.

Unos años después, mi hijo y yo, volvimos solos, pero ya se había convertido en una atracción turística.

Belchite, Pueblo Viejo

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